La celebración

Mi padre, a sus 88 años, tiene que tomar la que quizás sea la decisión más difícil de su vida:

– Entrar un quirófano con un corazón funcionando al 38% y con fibrosis en los pulmones y un riesgo ALTO de no salir de la operación.

– No entrar en el quirófano y dejar que se extienda un tumor de riñón «serio y agresivo».

La decisión, ahora mismo es dificilísima porque él está bien. No tiene ni un dolor. No ha perdido energía. Come como un cosaco (como siempre). Sale con sus amigos de txikiteo, no para quieto…

Si se viera con dolores o con molestias de algún tipo, probablemente se arriesgaría a operar, pero ahora mismo dice que solo quiere vivir tranquilo lo que le quede y que su máximo objetivo es llegar «bien» a agosto de este año que es cuando celebra los 50 años de casado y que él nunca pensó que llegaría a esa fecha.

Si se opera, incluso saliendo vivo de la operación, no cree que pudiera estar bien (como ahora) para la celebración. Y mi padre ante todo quiere celebrar.

Dice que ha tenido una buena vida y que está conforme y contento con todo. Que no tiene miedo. «La guadaña que venga a por mí, no voy a ir yo a por ella». No creáis que está hundido con la noticia ni nada de eso. Está igual que siempre. Con sus ideas. Sin parar quieto.

Para los que estamos alrededor, es raro, muy raro, asumir esta especie de muerte invisible y en diferido. Pero, mientras tanto, celebremos la vida.

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