Me pregunto qué pensará de mí la dueña del «chino» de mi barrio. Hoy me ha mirado como diciendo «¿otra vez?». Y sí, ahí estaba yo otra vez comprando cosas, en este caso una manta, para un sin techo. Sí, ya sé que no debería hacerlo, o que a lo mejor esa manta que me ha pedido el señor sentado en la puerta del chino y que no pedía dinero sino «una manta para pasar estas noches tan frías» ni siquiera la usa y la acaba revendiendo, pero yo qué sé, a veces me paro a hablar con la gente en la calle, y ahí ya estoy perdida.
La anterior vez fue con mi hermano, cuando por fin conseguimos echarlo de casa y me envió un sms para decirme que estaba en la parada del autobús, con dos bolsas de plástico y unas pocas pertenencias. Lo habían echado, cómo no, del lugar al que había ido tras no abrirle la puerta mis padres. Pretendía que yo intercediera por él, pero me limité a llevarlo al chino, comprarle una bolsa con ruedas y una mochila y darle mi tarjeta BAT, con tal de que se fuera lejos y perderlo de vista. Todo, bajo la atenta mirada de la dueña del local.
Duró unos días la tranquilidad, luego vuelta a empezar y otra vez el agotamiento, pero fue el momento en el que explotó todo y como toda explosión sirvió para construir cimientos nuevos. A veces cuando algo no se sostiene la única solución es volarlo por los aires.
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