Planes de no-futuro

Le he dicho a hermano mayor cuáles eran los planes de futuro de hermano pequeño. No tendría que habérselo dicho, lo sé.

Es un asunto que él no sabrá gestionar igual que yo. Su primera reacción, de hecho —y aunque él pensaba que viniendo de hermano pequeño nada le podría sorprender— ha sido: «pero esto se lo tenemos que contar a alguien».

—Yo: Da igual lo que hagamos. Él está convencido. Dice que lo sabe desde los 16 años, yo solo te lo cuento para que te vayas preparando.
—Pero no puede ser, algo podremos hacer.
—Mira, de verdad, si lo piensas bien en el fondo es lo único que podíamos esperar de él. No sé qué esperaba contándome esto, así que le he respondido tan tranquila que oye, es su vida y que haga lo que quiera, que libre albedrío.
—Fijo que lo dice para luego vivir de nosotros.
—Seguro que sí, ya sabes que es un parásito, no concibe otra forma de vida. Además ya sabes cómo es, un día dice una cosa y mañana otra. Hace un mes su plan era que lo contrataran en el COTA como ayudante o algo, en algún programa de esos de ayudas para encontrar empleo.

He dicho esto último para que hermano mayor se fuera algo más tranquilo, pero yo sé que hermano pequeño me hablaba en serio. Muy tranquilo y muy en serio. En la misma mesa de la cocina donde mi padre me había hecho el insólito regalo de cumpleaños me había contado que tiene claro, desde los 16 años, que una vez que mueran nuestros padres va a «desaparecer». Que no «desaparece» antes por no darles el disgusto a nuestros padres. Que los números ya no suman 11 y que ya ha alcanzado la paz espiritual «con lo difícil que es eso», con lo que ya no tiene nada más que hacer en la vida.

Sé que lo piensa. En el fondo eso explica toda su actitud en la vida. Es una persona totalmente incapaz de vivir más allá de la dependencia de sus padres. Si lo hará o no, no puedo saberlo. No me sorprendería y tal vez suena insensible por mi parte, como si pudiera hacer algo ahora para detenerlo, pero no lo viviré como una carga. Cada uno es libre de tomar sus propias decisiones y esa no es mi guerra.

José Agustín Goytisolo, uno de mis poetas de referencia en tiempos pasados (el autor de «Palabras para Julia») había escrito en su día que la libertad es poder elegir no morir en una cama de un hospital. Llegó a los 70 años, se asomó al balcón de su tercer piso y dijo «hasta aquí». Me llegó la noticia estando yo en Inglaterra, en el año del Erasmus. Pensé que no había tenido una mala vida y que había decidido cómo y cuándo marcharse. Mucho más no se puede pedir. Su familia, luego, habló de «accidente».

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