A los 17

A los 17 años acababa de leer por primera —y única— vez «Cien años de soledad», «El Quijote» por segunda vez (si es que leerlo a los 10 años, cuando mi padre trajo de un bar aquella edición mohosa olvidada en un almacén, se puede considerar leerlo) y «La historia interminable» por décima vez, desde aquel descubrimiento el verano de mis 9 años. Mi abuela me seguía prohibiendo leer demasiado «no vayas a acabar como el (inserte nombre aquí de un señor que siempre iba con un libro bajo el brazo y que estaba considerado «el tonto» del pueblo). Aún no había leído «Nada» de Laforet y había dejado pasar de largo la visita de la mismísima Carmen Martín Gaite a la biblioteca de mi barrio, «mi» biblioteca. «Caperucita en Manhatan», el libro que se presentaba entonces, era una lectura obligatoria que me negué a hacer por parecerme un cuento infantil y estar yo a lecturas más «serias». Qué engreída, pedante y adolescente era entonces. «Una chica rara», como se definirían después Carmen Laforet o las hermanas Gaite.

Había ganado mi primer premio de poesía, 3000 pesetas (qué antiguo suena esto) con las que me había comprado un flexo que sigue en uso hoy en mi escritorio. Unos años antes ya había sido la directora de la revista del colegio. Me creía especial, diferente e incomprendida, como cualquier a esa edad. Ya llevaba el maldito corsé por las noches, bajo el pijama, para corregir la postura de la espalda, así noche tras noche durante 4 años para en el presente seguir encorvada, menos que si no hubiera pasado por aquel suplicio, quiero pensar.

Había viajado a Inglaterra, con todo el sacrificio de mis padres, donde me había tocado, por lo que sea, lo que pensé que era una familia inglesa «normal», pero hablando con mis compañeras de grupo descubrí que no, que no todas las familias inglesas tenían un fantasma —un espíritu— en casa ni pasaban los fines de semana visitando sitios encantados y lugares de peregrinaje de brujería. Me lo pasé muy bien con ellos, lo reconozco. Además, conservé la amistad bastante tiempo y me invitaron personalmente, sin pagar nada, en otras ocasiones porque según ellos yo tenía un «aura positiva» y les daba buena energía.

Me habían pasado tal vez más cosas que a otras personas de mi edad en mi entorno de barrio y de pueblo, pero a los 17 ni siquiera había conocido a A., que un año más tarde se acercaría a mí al final de la clase con toda su belleza y su timidez y me diría «me ha gustado mucho tu exposición sobre la eutrofización de las algas». La eutrofización de las algas. El tema más rocambolesco del mundo para conocer a tu primer amor.

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