En los tiempos de los blogs conocí a mucha gente. A veces en persona, a veces solo tras la pantalla. Algunas personas se convirtieron en amigas, a otras les perdí la pista. También les perdí la pista a algunas que fueron importantes, sin cuya presencia no concibo aquella época de mi vida. Casi 20 años de eso, ya.
Mantengo con un chico (hoy un señor, claro, lo mismo que yo ya soy una señora) una relación intermitente que consiste en escribirle un email cuando leo algo que me recuerda a él.
Ayer, buscando otra cosa, leí un comentario suyo ¡de 2006! en uno de mis blogs. Me hablaba de un libro. Sentí la necesidad de leer ese libro, de leerlo ya. Lo busqué en el catálogo de la biblioteca de Soria, vi que lo tenían, miré el reloj, vi que faltaban 20 minutos para el cierre y salimos mi guapa y yo corriendo para conseguir el libro. 3 minutos antes de que cerraran estaba yo en el mostrador con el ejemplar en la mano.
Le he escrito para decírselo. Hemos intercambiado algunos emails. El anterior intercambio fue en enero de este año. El anterior a ese, en marzo de 2019, antes de eso, noviembre de 2018. Así de intermitente es nuestra relación.
Me contesta: «recibir un mail tuyo o simples noticias tuyas es muy gratificante nuria […] ya no encajamos nada con el mundo actual, no tenemos nada que ver siento muchas veces».
Luego nos hemos puesto a hablar de quiénes somos ahora, del peso del trabajo, de la vida «el peso de la responsabilidad pasó por encima de mí, seguramente lo entendí todo mal», me dice, y pienso lo importante que es que haya personas que nos recuerden quiénes fuimos una vez, quiénes quisimos ser, quiénes podemos todavía ser…
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